La Ética del Riesgo

Sobre el albero de la Real Maestranza de Sevilla, donde todo parece ya escrito y, sin embargo, el mundo vuelve a nacer cada tarde, ocurrió de nuevo lo esencial. No fue la cogida, accidente y destino, sino la decisión previa. Ese instante invisible en el que un hombre, en la plenitud de su vida, acepta, sin artificios, la totalidad de lo que está en juego.


Por Mauricio Berho

Andrés Roca Rey ya lo tiene todo demostrado. Y, sin embargo, lo hizo. Porque su actitud fue la de una máxima figura: la única capaz de poner a todo el cónclave de acuerdo.

Ahí nace la ética del toreo. No es una moral cómoda ni explicable en términos modernos; no responde a la lógica de la protección ni al cálculo del beneficio. Es algo más antiguo, más hondo. Tiene que ver con la responsabilidad íntima de sostener un sitio que no se hereda, sino que se confirma cada tarde ante un animal que no admite compromisos ni mentiras.

Cuando un torero se pone delante, no solo se expone: se entrega. Y en esa entrega hay una verdad que incomoda porque es indivisible.

Roca Rey, eje de todas las miradas, podría haber buscado refugio en la administración de su propio prestigio. En la medida. En esa inteligencia defensiva que enfría las emociones para alargar las carreras. Pero eligió el compromiso. Y el compromiso, en el toreo, no es una palabra abstracta: se mide en la distancia entre la taleguilla y el pitón, en el tiempo que se sostiene la embestida en el límite del abismo, y en la forma de entrar a matar cuando ya todo aconseja el alivio.

Ahí la ética se vuelve visible. No en el triunfo, ni siquiera en la herida, sino en la coherencia entre lo que se es y lo que se hace. En no rebajar el listón cuando la posición ya está conquistada. En no negociar con el miedo cuando el miedo aparece.

Es una afirmación rotunda: el toreo, para seguir siendo lo que es, necesita de hombres que acepten su lógica completa. No una parte. No la estética sin el riesgo. No el brillo sin la sombra. Todo.

En una época de exagerado proteccionismo, este gesto resulta casi incomprensible. Quizá por eso conmueve tanto. Porque en ese paso hacia delante, ir hacia el toro cuando todo invita a apartarse, hay una fidelidad a uno mismo que excede al propio protagonista.

La ética del toreo no se escribe. Se ejecuta.

Y a veces, como ayer, se paga.

Y se firma con la gloria.

 

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Galería de la 13º de abono en Sevilla, por Mauricio Berho